Periódico Madera

Madera, periódico clandestino

 Entrevista

Oskar Lafontaine 

 

26/04/15

Oskar Lafontaine habla sobre los partidos "antisistema" y cómo forjar una Europa democrática.

 

Oskar Lafontaine es uno de los políticos más notables de la Alemania de postguerra. Sólo el antiguo canciller socialdemócrata Willy Brandt suscitaba una respuesta emocional semejante.

Pero desde que basculó hacia el socialismo hace cosa de un par de décadas,  Lafontaine se ha convertido en una figura todavía más polarizadora y controvertida que Brandt. El que antaño fue adalid de la integración de la Unión Europea y simpatizante de los "movimientos post-materialistas" de los años 80 es hoy uno de los críticos más feroces de Europa y uno de los más acérrimos defensores del Estado del Bienestar.

En su larga carrera, Lafontaine desempeñó el cargo de ministro-presidente del minúsculo estado del Sarre en la frontera franco-alemana, el de alcalde de su capital, Sarrebruck, secretario de Finanzas alemán, presidente del Partido Social-Demócrata (SDP) y, posteriormente, copresidente del nuevo partido de izquierdas Die Linke (La Izquierda).

A finales de los años 90, el tabloide inglés The Sun le denominó "el hombre más peligroso de Europa" por abogar en pro de la regulación de las transacciones financieras. Como resultado de una campaña mediática bien orquestada y de que fue perdiendo terreno ante las fuerzas neoliberales del SPD agrupadas en torno al canciller Gerhard Schröder, Lafontaine dimitió de todos sus cargos, lo que provocó una subida de un 5% en los mercados bursátiles alemanes.

En 2005, Lafontaine abandonó el SPD después de cuatro décadas y se sumó a la nueva formación de Die Linke. Bajo su liderazgo, el partido creció electoralmente. Pero Lafontaine fue de nuevo víctima de ataques, esta vez a manos del ala de Die Linke más orientada hacia el gobierno, que veía en Lafontaine una barrera para formar futuras coaliciones con el SPD y los Verdes. Tras batallar contra el cáncer, Lafontaine dimitió de la dirección del partido en 2010, pero dirige todavía la organización en el Sarre.

Tras el estallido de la crisis del euro, Lafontaine apareció como crítico del euro, abogando por la abolición de la moneda única y un retorno a un sistema de tipos de cambio coordinados. Orador carismático, Lafontaine suele recurrir para sus citas a fuentes varias en sus discursos, del socialista francés Jean Jaurés y el revolucionario alemán Karl Liebknechty  al Papa Francisco.

En esta entrevista, editada para mayor claridad, habla con un activista de Colonia, Leandros Fischer, acerca de una Europa democrática, de cómo demostrar solidaridad con Syriza, así como de la posición de Die Linke como partido "antisistema". 

 

 

Hace dos años, a raíz del "rescate", creó usted cierta polémica al llamar al abandono del euro y una vuelta a un sistema de tipos de cambio coordinado. ¿Apoya usted todavía esta postura y, si es así, por qué?  

 El actual sistema del euro no funciona. No estamos hablando sólo de una moneda sino de un sistema determinado por la condiciones del Tratado de Maastricht. Por eso apoyo que se introduzca más flexibilidad en este sistema del euro.

Para ser más precisos, esto significa que resultaría sensato introducir una suerte de "euro griego", cuyo tipo de cambio debe decidirse entre otros por parte del  Banco Central Europeo [BCE] con el fin de impedir un aterrizaje brusco causado por la devaluación de esta nueva moneda. Esto muestra que no estamos hablando de una salida griega del sistema euro sino de una continuación de la pertenencia de Grecia a este sistema, pero en términos más favorables.

 

La respuesta de otros destacados miembros de su partido fue rauda: Die Linke apoya la moneda común, el fallo está en las políticas de la canciller alemana, Angela Merkel. Hay quien le acusó incluso de tratar de ganarse el favor de los votantes del AFD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania), partido populista de derechas. En una entrevista con el Tagesspiegel, el economista griego Costas Lapavitsas dejaba sentado que la razón por la que una buena parte de la izquierda europea apoya el euro tiene que ver con la influencia de la ideología, en este caso del europeísmo, es decir, la idea de la existencia de un demos común europeo.

En su época del SPD, siempre destacó usted como partidario de una mayor integración europea. ¿Cuál es la visión de un crítico conocido del euro como usted de una Europa más justa y más social? ¿En qué medida debería esto entrañar reformar o transcender las actuales instituciones europeas?

 

Mi visión sigue siendo la de una Europa democrática y social. Pero si vemos cómo se vacía la democracia en Grecia, debido a las supuestas constricciones financieras, entonces hay que desmantelar esas supuestas constricciones financieras. Las reacciones en el seno de la izquierda y de otros partidos, que usted mencionaba, pueden remontarse al hecho de que no se entiende nada de la función del sistema monetario, del mismo modo que tampoco se entendió nada de la unión monetaria alemana en 1990.

En el momento en que se introdujo el euro, nadie pareció comprender la necesidad de una política salarial común, igual que nadie pareció entender mi opinión de que, sin coordinar la política salarial, este sistema será incapaz de funcionar. Pero de esto hay una larga tradición en Europa.

 

Pero, ¿cómo puede vincularse la salida de Grecia del euro a un nuevo proyecto internacionalista de unificación europea?

 

Por medio de la participación del BCE en esto como institución europea, que rinda cuentas democráticamente, lo cual no es actualmente el caso.

 Su estrecho colaborador Heiner Flassbeck elaboró junto a Costas Lapavitsas una estrategia de salida del euro para Chipre en 2013. Leyéndola, me llamó la atención como estrategia de crecimiento keynesiana alternativa. Mi pregunta  — y creo que es mucha la gente que se pregunta esto — ¿puede haber de veras una solución consistente en una salida controlada en medio de esta profunda crisis estructural del capitalismo? Dicho de otro modo, propuestas como esta ¿son un medio en sí mismo, por ejemplo, el crecimiento, o una vía a un programa alternativo para reorganizar la sociedad de acuerdo con líneas sociales?

 

Ambas cosas. La introducción de una moneda paralela ofrecería, por supuesto, al país en cuestión mucha mayor capacidad de maniobra y más competencia económica, que debe tener rendición de cuentas democrática. Una cosa es esto.

Tenemos hoy la desastrosa situación de un gobierno griego impotente que, más o menos sin poder hacer nada, contempla cómo otras fuerzas le dictan condiciones. Por supuesto, esta nueva flexibilidad de un "euro griego" no es en modo alguno garantía de una inmediata reindustrialización, pero con ella la economía griega o cualquier otra economía tendría decididamente espacio para respirar.

La experiencia nos enseña lo que resulta económicamente mejor. La experiencia nos muestra en este caso que un sistema monetario que prohibe la devaluación no puede funcionar sin coordinación salarial. En la eurozona teníamos salarios reales en Grecia que estaban por encima del nivel de productividad, pero, lo que es más importante, teníamos una situación en la que los alemanes practicaban sistemáticamente un dumping salarial. En estas condiciones, la descomposición de este sistema era inevitable.

 

¿Cómo contempla que la histórica elección de Syriza tenga repercusiones en la lucha (se podría decir que más difícil) contra el neoliberalismo en Alemania? ¿Está dando expresión a una forma más articulada de descontento con el régimen de crisis de Merkel en su país? ¿Está provocando desavenencias en el seno del SPD y los Verdes, como algunos afirman, facilitando por tanto una posible coalición "rojo-rojo-verde" para 2017? ¿Corre también el SPD riesgo de "pasokización"?

 Por supuesto, la Victoria de Syriza es una fuente de esperanza para la izquierda europea. Die Linke sabe también en qué condiciones tan apuradas tiene que funcionar este gobierno. Es un proceso con un final abierto, pero supone, con todo, una esperanza. Y esta esperanza se ancla en la voluntad del pueblo griego, que rechazaba las políticas neoliberales. A la pregunta de si el SPD y los Verdes han aprendido de los errores del pasado hay que responder que no. Estos partidos apoyan todavía el Pacto de Estabilidad, que es la expresión principal del diktat de la austeridad en Europa. De manera que es mejor no darle color a algo con un color que no es [risas]. La pregunta principal es si Die Linke puede trabajar con fuerzas que respaldan la austeridad, y esto es algo que categóricamente descarto.

 

¿Hasta dónde llegará el gobierno alemán en sus ataques a Syriza? ¿Quiere "librarse de los griegos" y expulsarlos del euro, o lo que quiere esencialmente es obligarles a poner en práctica la austeridad y mantenerlos así dentro de la "jaula de hierro"?

 Hay señales contradictorias respecto a esto. Hay informaciones que afirman que el ministro de Economía alemán, Wolfgang Schäuble, defendió la salida de Grecia del euro en 2012. Por otro lado, hay declaraciones oficiales que afirman que una salida de Grecia de la eurozona puede tener consecuencias imprevistas. A este respecto, el gobierno alemán se muestra vacilante sobre la cuestión. 

Personalmente, creo que Merkel y Schäuble no saben cómo funciona el sistema monetario porque siguen apegados al dogma neoliberal que afirma que los recortes salariales, la reducción de puestos de trabajo y la austeridad pueden fomentar el crecimiento.

 

Die Linke votó abrumadoramente (con algunas notables excepciones, como Sahra Wagenknecht) a favor de ratificar el acuerdo alcanzado por el nuevo gobierno griego y el Eurogrupo hace unas semanas. Un argumento fundamental era el temor a parecer que no se demostraba solidaridad con el gobierno encabezado por Alexis Tsipras. ¿Cómo juzga usted esta postura?

 El temor a dar la impresión de que no se muestra solidaridad con el nuevo gobierno griego es algo que entiendo perfectamente. Pero se trata, sin embargo, de un temor que está más arraigado en una percepción distorsionada que en la realidad de los hechos.

En realidad, se trataba de una propuesta del gobierno alemán para ampliar el crédito a Grecia con severas condiciones. Yo defendí personalmente la abstención para evitar dos malentendidos públicos. Por un lado, que no apoyamos a Syriza; por el otro, que favorecemos los decretos de austeridad.

Nuestra solidaridad con Syriza se cifra en nuestro rechazo de los paquetes de austeridad del gobierno alemán para Grecia — somos el único partido que muestra ese rechazo — y nuestra crítica al gobierno alemán por sus fracasadas políticas a este respecto. El grupo parlamentario de Die Linke se encontraba ante un dilema debido a esta percepción distorsionada de la realidad, pero esto no altera nuestra posición de solidaridad.

 

Por otro lado, 20.000 personas, en su mayoría, pero no exclusivamente, alemanas, se manifestaron a principios de este mes contra la apertura del nuevo edificio del BCE en Frankfurt, "el corazón del régimen de crisis europeo". Dado el estado fastidiosamente reducido de la protesta social en Alemania, ¿ve esto como señal de una renovada actividad de los movimientos sociales en el país?

 

Eso sería, desde luego, algo deseable. Sin embargo, soy consciente de lo difícil que resulta mantener movimientos de protesta.

El problema principal lo veo en los diferentes efectos de las medidas políticas de austeridad en los diversos países europeos. En Alemania, estos efectos son comparativamente más suaves, pese al hecho de que Alemania tiene un sector de bajos salarios y de pobreza en la vejez. La pobreza en la vejez es algo que mucha gente todavía no ve, mientras que mucha gente se ha acostumbrado al sector de bajos salarios. 

Allí donde los efectos de la crisis fueron más fuertes, hemos tenido afortunadamente una descomposición del sistema político, lo cual era necesario, porque hasta ahora solamente ha habido partidos neoliberales en el poder en toda Europa.

 

Die Linke tiene ya diez años. Cuando comenzó, sobresalía como voz principal de la protesta ante la evolución de la socialdemocracia de mercado, incorporando muchos temas de los movimientos de alterglobalización. En el momento de su nacimiento, contaba con importantes aliados en Francia (el movimiento contra la Constitución de la UE), Italia (Rifondazione Comunista), el Reino Unido (Respect) y otros lugares. Diez años después, la izquierda de estos países ha sido barrida por una ola de populismo derechista, precedida en algunos casos por una participación de izquierdas en un gobierno de centro-izquierda, como en Italia.

Die Linke parece no ceder terreno electoramente, aunque no parece ser la principal beneficiaria del descontento con el sistema político establecido. Si acaso, la elección de un canciller de izquierdas en un estado como Turingia parece ir abriendo camino a una actitud más "pragmática" sobre dos posiciones definitorias de Die Linke, el anti-neoliberalismo y las intervenciones militares en el exterior. La desconfianza popular ante los partidos políticos establecidos también está afectando a Die Linke. ¿Qué parece explicar que formaciones como Die Linke y el Front de Gauche parecen haber topado con un techo de cristal en términos electorales, mientras que Syriza y Podemos han tenido un éxito más espectacular?

 

Son muchas preguntas [risas]. Vamos a empezar con la de la participación en el gobierno. Esto sólo resulta aceptable si para los votantes conlleva un cambio, experimentado por ellos como tal. Este fue el error de Rifondazione en Italia, que no consiguió precisamente eso, y fue así castigada por el electorado.

Se trata de algo que van a experimentar todos los partidos de izquierda si repiten los errores del pasado. Es algo que cualquiera puede reconocer si estudia la historia de las familias de partidos de izquierda en Europa. Ha de hacerse una distinción entre el plano de los estados y el plano federal. Las cuestiones relativas al antimilitarismo, política exterior, política fiscal, etc., no entran aquí en discusión.

 

Está la cuestión de la ley federal relativa al tope de endeudamiento para los municipios. . .

Sí, está ya escrito en la Constitución y si participas en una corporación local, tienes que regirte por ello. Pero mi postura respecto a la participación en un gobierno nacional es que esto sólo se puede permitir si hay mejoras concretas y visibles en la vida de la gente. En el caso de Alemania, esto quiere decir mejoras en el terreno del desempleo y seguridad de las pensiones, política salarial y, por supuesto, nada de intervenciones en el exterior.

Pero la cuestión del gobierno será irrelevante en Alemania, debido a la evolución del SPD. El SPD se encuentra en una fase de debilidad sin precedentes. Qué papel puede desempeñar la izquierda es algo de lo que podemos ser testigos en España y Grecia, aunque estemos hablando de procesos abiertos.

Cuando la presión en el seno de la sociedad se vuelve muy fuerte, Die Linke tiene sólo una oportunidad si actúa de modo creíble. Esa es la razón de que se fundara. Decíamos que tenemos cuatro partidos neoliberales en Alemania y partidos casi exclusivamente neoliberales en el gobierno a lo largo y ancho de Europa, y por esa razón es por lo que necesitamos ofrecer una alternativa.

Y en Alemania, es evidente que la derecha representada por AFD no supone ninguna alternativa. Apoya todas las posiciones neoliberales. Su presidente, Bernd Lucke, fue siempre uno de los partidarios intelectuales del dumpingsalarial. Hay una diferencia de verdad entre la izquierda y la derecha políticas.

 

No sólo parece haber cansancio del actual sistema económico sino cansancio también de los partidos políticos como tales. Die Linke ha atravesado un proceso de institucionalización en los últimos diez años, y no es arriesgado decir que con frecuencia no ha sido la primera entidad a la que se ha dirigido la gente que expresa su descontento por el actual estado de cosas. Antes mencionaba a Syriza y Podemos porque esas fuerzas han logrado florecer al presentarse como alternativa a la política establecida.

Si una coalición rojiverde está fuera de discusión, ¿qué vía le queda a Die Linke por delante? ¿Cómo puede desencadenar un efecto de politización?

Se trata de algo muy difícil, debido a que el sistema social en el que vivimos, el sistema capitalista, está muy afianzado. Está diseñado de tal modo que los económicamente poderosos presiden todas las decisiones económicas. Las democracias representativas no son democracias en el sentido real del término. Sabemos desde Pericles que las democracias son sistemas que sirven a los intereses de la mayoría y no se puede hablar de democracia en ninguna parte de Europa

En este sentido, Die Linke sólo tiene razón de existir si se convierte  — o sigue siendo — un partido antisistema y es visto como tal. Ser antisistema significa abogar de modo consistente por una sociedad en la que se reorganice la vida social, en la que los frutos del trabajo vayan a quienes se los han ganado.

Significa también reconocer que los pasados esfuerzos socialistas fracasaron porque no eran democráticos y sí centralizados. En este sentido, ha de escogerse otra vía. En mi opinión, se trata de la vía de las empresas gestionadas por los empleados en las que la democracia fluya hasta la vida cotidiana y no una sociedad en la que el feudalismo domine sobre la vida económica.

Porque donde hay multimillonarios, no hay democracia. Nadie puede ganar mil millones. Un multimillonario contradice la idea básica de que la riqueza es resultado del trabajo.

 

¿Es usted optimista respecto a la evolución de Die Linke?

 No sé si el "optimismo" puede responder a esta cuestión. Respecto a la estructura de poder, tenemos un sistema social muy afianzado. Lo que es interesante es que ni siquiera la crisis financiera ha cambiado esto, aunque todo el mundo pueda ver después del desplome financiero que es Wall Street quien dirige los EE.UU., no el Congreso ni el presidente. El sistema oligárquico de Ucrania o Rusia, por ejemplo, nos muestran que estamos siendo testigos de una regresión a escala global y un retroceso del modesto progreso social alcanzado tras décadas.  

Y sin embargo, estoy persuadido de que Die Linke no tiene otra elección que marchar en contra de la corriente y presentar alternativas. Tiene que seguir siendo programáticamente consistente, y esto no significa deslizarse por la vía del acomodo. Si lo hace, lo engullirá el sistema sin más. Tiene que seguir una vía en la que abogar de manera consistente por un modelo social diferente.  

 

Está aumentando en Europa el racismo en todas sus manifestaciones, sobre todo en forma de islamofobia (una suerte  de racismo "respetable"). ¿Qué explica esa difusión incluso entre estratos de la sociedad no afectados anteriormente por ello?

 

Creo que tiene que ver con el temor a verse relegado en la escala social. Cuando estos temores, combinados con el miedo a la marginación, están presentes, esto lleva a que ciertas capas sociales respondan con la marginación de otras. Todas las experiencias históricas nos muestran que estos temores tienen como resultado la marginación de otros.

 

Una última pregunta. Sería un sobreentendido decir que a los partidarios de Die Linke les gustaría verle desempeñar de nuevo un papel más activo en la dirección del partido. Su carrera estuvo marcada por una serie de sorpresas. ¿Prevé usted volver?

 

[Risas] Yo cumplo con mi parte interviniendo con mayor frecuencia en debates públicos, con más apariciones públicas. . .

 

De ahí la pregunta . . .

Punto [risas].

 (Con un agradecimiento especial a Loren Balhorn, Sebastian Budgen, Stathis Kouvelakis y Oliver Nachtwey.)

Oskar Lafontaine fue entre 2007 y

 2010 el Presidente del Partido de La Izquierda.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

 

 

Liga Comunista 23 de Septiembre

Editorial Brigada Roja