Periódico Madera

Madera, periódico clandestino

 

La victoria de Trump y su intérprete 

 

CLAUDIA CINATTI

 

 

Mucho se ha escrito para digerir la avalancha conservadora que tiñó de rojo republicano el mapa de Estados Unidos. Probablemente ni los guionistas de House of Cards tengan la imaginación suficiente como para proyectar el futuro de la Casa Blanca. La transición ya echó a andar desde la Trump Tower, con un fuerte sesgo conservador y de derecha.

 

El “Brexit moment” de Estados Unidos

Los grandes medios corporativos, que militaron para Hillary Clinton, recurrieron a la metáfora del “cisne negro” para explicar el desconcertante triunfo de Donald Trump. Pero cuando los “cisnes negros” salen en bandada, como ocurrió este año –el triunfo del Brexit, las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el ascenso del UKIP, del Frente Nacional y de otras variantes de la extrema derecha europea–, la teoría de la rara avis pierde valor explicativo. Aunque hay particularidades nacionales y muchas razones combinadas –económicas, pero también étnicas, religiosas, de género, geográficas, culturales, etarias–, las causas eficientes de la irrupción de esta suerte de “internacional populista” de derecha existen desde hace rato. Hay que buscarlas en las condiciones de polarización social creadas por la crisis capitalista de 2008 que tuvo su epicentro en los países centrales. Y, más en general, en las décadas de globalización y neoliberalismo que dejaron como saldo una desigualdad obscena y crearon un puñado de grandes ganadores –corporaciones y bancos– y una multitud demasiado numerosa de perdedores. Entre estos últimos se cuentan, fundamentalmente, las clases medias con nivel educativo bajo o medio, de la que también se han sentido parte sectores de trabajadores industriales, fracciones del capital no globalizado, microemprendedores y pequeños explotadores que se sienten impotentes ante fuerzas que no manejan y, como rezaba la consigna de la derecha pro-Brexit, quieren “recuperar el control”. Este conglomerado social heterogéneo es el que está detrás de la revuelta contra el “establishment” y los partidos tradicionales –conservadores, socialdemócratas o liberales– que conformaron el “extremo centro” [1] del consenso neoliberal, para usar la acertada categoría de Tariq Ali.

En la larga campaña electoral norteamericana que comenzó con las primarias de ambos partidos, este repudio a la casta política tuvo múltiples expresiones: la altísima impopularidad tanto de Trump como de Hillary, la explosión del fenómeno juvenil que se manifestó en la candidatura de Sanders, la baja asistencia a las urnas y también los casi 7 millones de votos que recibieron los terceros partidos, entre ellos el Partido Verde, que se presentó como una alternativa por izquierda. Esta votación a terceros partidos triplica la de 2012 y estuvo concentrada sobre todo en los millennials.

Trump perdió el voto popular por un margen que no tiene precedentes históricos. La diferencia a favor de Hillary podría terminar cercana a los 2 millones de votos. El antecedente más próximo es el de George W. Bush, que perdió la elección popular con Al Gore por 540.000 votos en el año 2000, aunque fue ungido presidente por una decisión de la Corte Suprema. Esto muestra el carácter profundamente antidemocrático del sistema político norteamericano, que le da un peso desproporcionado a las zonas rurales en el Colegio Electoral.

Aunque ahora sea una anécdota, muestra hasta qué punto están podridas las bases del bipartidismo. Resumiendo, más que la última de una serie de sorpresas desagradables, el triunfo de Trump confirma y profundiza la tendencia a la crisis orgánica que viene manifestándose en los países centrales a partir de la Gran Recesión de 2008, y puede ser leído como esos “fenómenos aberrantes” de los que hablaba Antonio Gramsci, que surgen en situaciones intermedias cuando lo viejo no va más y aún no están claros los contornos de lo nuevo. Este cambio de rumbo de la política norteamericana anuncia que se han abierto tiempos extraordinarios, una situación en la que están inscriptas mayores tensiones interestatales, guerras comerciales, conflictos militares, agudización de la lucha de clases y respuestas burguesas como mínimo cesaristas.

 

El gobierno y el mundo que vienen

El solo hecho de que haya accedido a la presidencia de la principal potencia mundial un multimillonario xenófobo que coquetea con el proteccionismo y el nacionalismo, es una muestra de que el orden neoliberal comandado por Estados Unidos, que tras la desaparición de la Unión Soviética auguraba el reinado del libre mercado y la globalización sin alternativas (el fallido “fin de la historia”), está siendo dinamitado desde adentro.

Ni los aliados ni los enemigos y competidores de Estados Unidos saben muy bien qué esperar cuando el próximo 20 de enero Trump se convierta formalmente en el 45° presidente norteamericano y los republicanos pasen a controlar la suma del poder estatal.

El establishment, ese “inquieto club de ejecutivos, generales y políticos”, como lo definía Howard Zinn, que casi en su totalidad jugó a favor de la continuidad que expresaba Hillary Clinton, pasó del shock inicial al pragmatismo. Todas las señales políticas indican que el sistema bipartidista parece dispuesto a metabolizar el “fenómeno Trump” y bajarle la intensidad de “apocalipsis” a una más modesta “presidencia de transición”.

No está dicho que no lo logren. Pero es muy probable que la gobernabilidad requiera de una compleja negociación entre la colección de fracciones y grupos de interés que componen el Partido Republicano, dentro del cual han perdido la hegemonía los conservadores moderados a favor de la (extrema) derecha racista, sexista, xenófoba, homofóbica.

Quizás la adrenalina de haber vuelto a la Casa Blanca y la necesidad de influir sobre las decisiones del próximo presidente hagan que el Grand Old Party deje atrás el #NeverTrump y rodee al magnate. Junto a supremacistas raciales y miembros de la llamada “alt-right” [2], varios nombres tradicionales del Partido Republicano ya resuenan para integrar el próximo gabinete: Newt Gingrich, el autor de la “revolución conservadora” de 1994; R. Giuliani, el alcalde policial de la “tolerancia cero” de la ciudad de Nueva York, Reince Priebus, el presidente del partido. Generales retirados e incluso conservadores moderados como M. Romney desfilaron por la Trump Tower desde donde el empresario está comandando la transición y gestando su gobierno. Incluso los “neocon”, la fracción de los halcones más refractaria al liderazgo de Trump y más cercana a Hillary Clinton en política exterior, también buscan infiltrarse en el armado de la nueva administración. Aunque parezcan visiones difíciles de conciliar, no hay una muralla entre el aislacionismo selectivo que pregona Trump y el unilateralismo que profesaron los neocon bajo los dos gobiernos de Bush. Ambos consideran que hay que redefinir el rol de las instituciones de la “comunidad internacional” como las Naciones Unidas y la OTAN, a las que perciben como obstáculos relativos para la realización del interés nacional norteamericano.

La apuesta del “mainstream” es que la presidencia de Trump esté dentro de los parámetros de un gobierno republicano innovador, a lo Ronald Reagan. Y un aspecto de esto tiene. En un sentido el “trumpismo” podría definirse como la “reaganomics” (baja de impuestos a los ricos, desregulación y tasas de interés más altas) más medidas proteccionistas. En el plano interno, la reindustrialización es una quimera, pero Trump parece decidido a que retorne al país una porción del capital norteamericano que está afuera. Tiene para ofrecer en la negociación una baja del impuesto corporativo, del 35 al 15 %, desregulaciones y otros recortes como la derogación del llamado “Obamacare”, que liberaría a los empresarios de los costos del sistema de salud. Hasta ahora lo único más concreto es un plan de obras de públicas. No parece ser aún suficiente para equiparar los beneficios de las deslocalizaciones hacia zonas de bajos salarios.

Nadie puede arriesgar a ciencia cierta cuál será el camino para “Hacer grande nuevamente a Estados Unidos”. Pero lo que ya se puede dar por descontado es que un porcentaje de los eslóganes de campaña de Trump no serán solo demagogia electoral. Varios analistas consideran que este giro brusco de la política norteamericana tiene el potencial de producir cambios geopolíticos y económicos equivalentes a la caída del muro de Berlín de 1989, aunque de signo contrario.

Está claro que la política exterior de Trump va a significar un cambio de rumbo con respecto a Obama, que llevó adelante una política de “centro” para recomponer el liderazgo mundial de Estados Unidos que privilegiaba la diplomacia para disminuir la exposición militar directa y dar por superada la derrota de la estrategia militarista y unilateral de Bush y los neocon, que llevaron a las guerras y ocupaciones de Irak y Afganistán.

En los mensajes oficiales sobre lo que podrían ser sus primeros 100 días de gobierno, el presidente electo anunció medidas ya conocidas: retirar a Estados Unidos del Tratado Transpacífico y renegociar los términos del TLC con México y quizás también de la OMC, con la amenaza de abandonar los acuerdos si no son más favorables para Estados Unidos. Buscar la cooperación de Rusia para combatir al ISIS y encontrar una salida para la crisis en Siria, lo que supone la continuidad de Assad. Renegociar con los aliados un mayor aporte al financiamiento de la OTAN

y condicionar las bases que Estados Unidos tiene en otros países como Japón y Corea del Sur. En el Medio Oriente la política pareciera ser reafirmar las sociedades tradicionales como la que Estados Unidos tiene con Israel y las monarquías del Golfo, lo que podría llevar a repudiar o al menos replantear el acuerdo con Irán.

La relación con Rusia y China sigue siendo terreno de especulación. Parece difícil que Trump pueda cambiar lo que fue una política de Estado durante las últimas dos décadas, marcadas por la hostilidad hacia Rusia. En última instancia esta estrategia obedece a un interés fundamental de largo plazo que es la reducción de Rusia al estatus semicolonial. Pero las declaraciones amistosas de Trump hacia Putin ya están causando nerviosismo en los países bálticos y de Europa del Este que se incorporaron a la OTAN y están en la primera fila del despliegue misilístico de Occidente contra Rusia.

Algunos se inclinan por que Trump tendrá una política más dura pero en el terreno de la negociación y otros ponen el eje en que no se pueden descartar aventuras. Las apuestas están abiertas. Pero en condiciones de ascenso de nacionalismos varios, de perspectivas de guerras comerciales o al menos de competencia aguda, y de deterioro persistente de la hegemonía norteamericana, cualquier acción unilateral de Estados Unidos pueden derivar en crisis de magnitud impredecible. Para esto parece estar preparándose el mundo.

 

Bonapartismo, fascismo y el debate de la izquierda

El contenido concreto social y político del fenómeno Trump aún es tema de debate. De todos los recortes posibles de la composición del voto de Trump, lo que ha recibido más atención es el voto de un porcentaje inesperado de mujeres, dada la misoginia manifiesta del nuevo presidente, y sobre todo el voto de sectores de la vieja clase obrera industrial blanca –los rednecks o, como también se lo llama, el “trumpenproletariado” caracterizado por su atraso político y cierta sensibilidad al racismo y la xenofobia. Conviene analizar más de cerca este fenómeno.

Es un hecho que en los swing states la gran mayoría de los trabajadores de “cuello azul” fueron interpelados por la demagogia de Trump, que hizo como nunca campaña en el “Rust belt” con la promesa de restaurar los puestos de trabajo perdidos. Y contra todo pronóstico, fue expansivo más allá del electorado republicano tradicional. Pero el núcleo duro de la base social “trumpista” está fundamentalmente en los pequeños empresarios y cuentapropistas, que a diferencia de las grandes corporaciones no se benefician con los tratados de libre comercio y las importaciones y, por lo tanto, son sensibles a los discursos que combinan el proteccionismo económico con el programa tradicional republicano-reaganiano de la baja de impuestos y la eliminación de regulaciones estatales (entre otras el sistema de salud, que bajo la legislación actual están obligados a solventar en parte). Como dice una interesante nota publicada en Jacobin, más que una revuelta de los asalariados, Trump representa la “revancha del plomero Joe” [3], el activista conservador que increpó a Obama en Ohio en las primarias de 2008 y se transformó en el símbolo de la frustración de la pequeña burguesía.

A pesar de haber obtenido un porcentaje mayor que el de Reagan en los hogares donde al menos hay un afiliado a los sindicatos, Trump combatió activamente la sindicalización como empresario y asume con una clara política antisindical, típica del Partido Republicano, que incluye reforzar las leyes del “derecho al trabajo” y derogar las escasas normativas de la era Obama, lo que prácticamente equivale a prohibir los sindicatos en el sector privado y escalar el ataque sobre los sindicatos de los trabajadores públicos [4].

La emergencia de Trump abre un amplio debate estratégico en la izquierda. Varios intelectuales liberales, de izquierda y socialdemócratas, en todo el mundo, arriesgan sus definiciones.

J. Habermas define a Trump como parte de la oleada populista, como una suerte de ruptura de la racionalidad política. Para el sociólogo polaco Z. Bauman estamos ante la emergencia de un “líder decisionista”, retomando la definición clásica de Carl Schmitt del poder soberano que tan bien explicó las primeras etapas del nazismo. Para Alain Badiou se trata de una suerte de “fascismo democrático”, una contradicción en los términos que el filósofo francés resuelve a su manera, diciendo que es dentro del sistema democrático y sin enfrentar a los enemigos que el fascismo enfrentó en los ‘30, el movimiento obrero y los partidos comunistas. Por lo demás, abundan las referencias al 18 Brumario o las analogías con las elecciones alemanas de 1933 para dimensionar la potencialidad reaccionaria del triunfo de Trump.

En sentido estricto Trump expresa más el giro hacia un régimen más bonapartista y autoritario que la emergencia inmediata del fascismo, pero sin dudas contiene elementos fascistizantes, como el KKK y los grupos supremacistas de la “alt-right”, en un marco en el que ya existe de hecho una guerra civil larvada contra la población afroamericana.

Como sucedió con el Brexit, una parte minoritaria de la izquierda partidaria y de intelectuales progresistas ponen el eje en que en última instancia, el triunfo de Trump tiene su costado positivo porque puede desestabilizar a la clase dominante, y expresa crudamente el carácter despótico del poder capitalista. Estos sectores tienden a disminuir el hecho de que franjas importantes del proletariado optaron por un “salvador”, un multimillonario racista y xenófobo que promete restaurar el poderío del imperialismo norteamericano.

El gobierno de Trump será un gobierno del ala derecha de la burguesía, no le devolverá a los trabajadores sus empleos y sus salarios perdidos y atacará conquistas democráticas como el derecho al aborto. Su triunfo ya ha envalentonado a grupos rancios de la extrema derecha.

Sin embargo, sería incorrecto afirmar que el único fenómeno es un giro uniforme y unidireccional hacia la derecha. Existe un neoreformismo que, como mostró la subordinación de Sanders al Partido Demócrata, es impotente frente al ascenso de la extrema derecha.

Lo más auspicioso es el proceso de movilizaciones que empezaron la noche misma de la victoria de Trump. Decenas de miles de jóvenes, trabajadores, estudiantes, mujeres salieron a las calles o tomaron los campus universitarios, para decir que no van a permitir deportaciones de inmigrantes indocumentados y que van a resistir.

La clase obrera no se ha recuperado de la derrota de los años de Reagan, pero en los últimos años han surgido nuevas formas de lucha y organización, como el movimiento Black Lives Matter, el movimiento por el salario mínimo y las huelgas de los fast foods y grandes cadenas de supermercados, sin contar el movimiento antiguerra, Occupy Wall Street y antes, el movimiento No Global que estalló en Seattle en 1999. Trump representa el peligro de una ruptura entre la clase obrera y sus aliados de las minorías afroamericana, inmigrantes y las mujeres.

Por eso lo que está a la orden del día es la construcción de un “tercer partido” que tiene que ser de izquierda, obrero y revolucionario, para poder levantar un programa que unifique las fuerzas de los explotados y los oprimidos tanto dentro como fuera de Estados Unidos contra el capital. El reloj ya está en marcha.

 

Notas

1.Tariq Ali, El extremo centro, Alianza Editorial, 2015. En un sentido similar, Peter Mair había hecho un análisis profundo de la crisis de los partidos tradicionales y de la democracia capitalista más en general a partir de la caída del muro de Berlín y su relación con el surgimiento de la “antipolítica”. Ver: “Rullying the Void? The Hollowing of Western Democracy”, NLR 42, 2006.

2.La llamada “alt-right” (derecha alternativa) es un conglomerado laxo y heterogéneo de grupos e individuos de extrema derecha que defienden la “identidad blanca” y la “civilización occidental” y se oponen al establishment conservador tradicional. Steven Bannon, nombrado por Trump como su asesor principal, está acusado de pertenecer a este grupo.

3.M. McCarthy, “The Revenge of Joe the Plumber”, Jacobin, 26 de octubre de 2016. Si se tiene en cuenta que hay unos 30 millones de empresas pequeñas que emplean a más de la mitad de los trabajadores, se comprende el peso específico de este sector.

 

4.R. Verbruggen, “Trump and the Unions”, The American Conservative, 20 de noviembre de 2016.

Liga Comunista 23 de Septiembre

Editorial Brigada Roja